En ese contexto, la sangrienta violencia con todo y los exorcismos del sucesor de Genaro García Luna, el hankista Manuel Mondragón y Kalb, mantiene la cifra de 23 mexicanos asesinados diariamente (los reporteros Diana Baptista y Héctor Guerrero, en el periódico Reforma del 12 de marzo de 2013, publicaron su investigación al respecto). Lo entrevistaron en Tv Azteca por medio de su Canal 40 y Mondragón se muestra sobrado, como si en verdad la inseguridad estuviera cediendo. Esto mientras los periodistas y editores del país están casi a punto de abandonar sus tareas, porque las delincuencias, los narcotraficantes y no pocos funcionarios están presionando, agrediendo, amenazando y hasta cumpliendo las amenazas de muerte.
Privaron de la vida al reportero Jaime Guadalupe González Domínguez, quien editaba el portal en internet Ojinaga Noticias, en Chihuahua. Y después de haberse colocado en varios municipios de Coahuila mantas amenazantes contra las ediciones del periódico Zócalo, su director, Francisco Juaristi, como paso previo a cerrar su publicación, anunció que ya no publicará información relacionada con la delincuencia organizada. Así lo han publicado con la firma de “La redacción” (La Jornada, El Universal y Reforma, 12 de marzo de 2013).
Tenemos una violencia (sobre la que Peña –dijo– no hablará repetidamente) que no ha sido enfrentada con una nueva estrategia. Y es por esto que por todo el territorio (25 estados bajo el poder del narcotráfico, infundiendo miedo y terror en la población) lo que impera son amenazas, agresiones y homicidios contra mexicanos, entre los que están los periodistas.
Hay mucho bla bla bla de los desgobernadores y la Secretaría de Gobernación federal sobre medidas preventivas para proteger a los reporteros y a todo aquel que ejerza las libertades de prensa, pero en los hechos nada.
En cambio los delincuentes en general y en particular los narcotraficantes, con hechos de sangre, advertencias de muerte, agresiones y atentados contra los inmuebles de los periodistas, están logrando eliminar reporteros y que –para evitar más atentados– recurran a la autocensura informativa. En las entidades con sus municipios, las libertades de prensa están acosadas y los periodistas en la mira de un matón. La seguridad debería haber sido la prioridad del peñismo y los partidos, pero al postergarla, los sicarios de los capos están desatados. Han impuesto el terror. Hacen injusticias por su propia mano y en varias partes del país se erigen cuerpos de autodefensa, grupos de paramilitares, para sembrar la anarquía ante la ausencia de la gobernabilidad, la retirada del Estado y un militarismo policiaco que en nada ayuda a la sociedad civil. Si la prensa empieza a plegarse, a silenciarse y sus periodistas son asesinados, amenazados y agredidos, entonces el imperio de la ley ha dejado de estar vigente.
*Periodista
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Fuente: Contralínea 333 / mayo 2013
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