En la película Batman, el Caballero de la Noche Asciende, el
Guasón, en la inolvidable representación de Heath Ledger, le explica al
hospitalizado fiscal de la ciudad, el futuro villano Dos Caras: “Yo no
tengo un plan. Yo solo soy un agente del caos.” Luego se aleja con el
rostro pintarrajeado, disfrazado de enfermera y destruye el hospital.
Inmersos como estamos en el proceso de la revocatoria, a muchos nos
sucede que hacemos analogías entre lo que vemos y lo que estamos
viviendo en Lima.
Así, la expresión “agentes del caos” me hizo pensar de inmediato en quienes promueven este proceso sin tener una idea clara de lo que sucederá después. Sobre todo, sin que les importe. Su objetivo es sacar de la municipalidad más importante del país a quienes han tenido el atrevimiento de intentar quebrar un arraigado, jugoso sistema de corrupción en los asuntos municipales (se habla de 3.000 millones de dólares en contratos de obra pública). A eso se añade la recuperación del poder por parte de quienes ven como un peligro inminente a una autoridad que no abusa del mismo.
Para ello han recurrido a un conjunto de personajes dispuestos a hacer el trabajo sucio, cosa que han hecho con entusiasmo y voluptuosidad. Después de todo, Lima es la capital de la pendejada, el criollismo, la viveza. Quienes tratan de jugar limpio son lornas, pitucos (como si los llamados pitucos no fueran los más pendejos históricamente), gente sin calle, cunda, astucia. El problema ha sido que Lima no es, como otras pequeñas ciudades del Perú, un pequeño feudo donde es fácil manipular los medios y opiniones. Acá hay una enorme variedad de rostros y voces que, tras un periodo de estupor, han reaccionado contra este asalto a la razón y el derecho. Por un lado, han ido apareciendo las historias e identidades de revocadores prontuariados y turbios. Los políticos que manipulan este golpe municipal amparados por una ley mal concebida, no han podido permanecer en la penumbra. Repito, en Lima es más comprometedor hacerse el loco.
Por otro lado, la municipalidad se ha puesto seriamente las pilas. Acaso este sea el único efecto beneficioso para la ciudad de este proceso inmundo, carísimo y de alto riesgo. El equipo municipal ha comprendido que era indispensable hacer alianzas y difundir su trabajo, saliendo de un espléndido aislamiento que los hacía funcionar a espaldas de la opinión pública.
Ahora que las tendencias parecen revertirse y el NO gana terreno, habría que aprovechar esta lección ciudadana: siempre debemos estar exigiendo cuentas a las autoridades, de manera tan rigurosa y constante como ahora está ocurriendo, producto de las circunstancias. Si los agentes del caos no logran desestabilizar y paralizar la ciudad, por lo menos habremos aprendido que una metrópolis tan complicada de manejar como la nuestra requiere de una vigilancia ciudadana permanente.
Tan indispensable es mantener a los rufianes alejados de nuestra propiedad (la riqueza de la ciudad), como asegurarnos de que las personas encargadas de administrarla lo hagan de manera idónea.
Así, la expresión “agentes del caos” me hizo pensar de inmediato en quienes promueven este proceso sin tener una idea clara de lo que sucederá después. Sobre todo, sin que les importe. Su objetivo es sacar de la municipalidad más importante del país a quienes han tenido el atrevimiento de intentar quebrar un arraigado, jugoso sistema de corrupción en los asuntos municipales (se habla de 3.000 millones de dólares en contratos de obra pública). A eso se añade la recuperación del poder por parte de quienes ven como un peligro inminente a una autoridad que no abusa del mismo.
Para ello han recurrido a un conjunto de personajes dispuestos a hacer el trabajo sucio, cosa que han hecho con entusiasmo y voluptuosidad. Después de todo, Lima es la capital de la pendejada, el criollismo, la viveza. Quienes tratan de jugar limpio son lornas, pitucos (como si los llamados pitucos no fueran los más pendejos históricamente), gente sin calle, cunda, astucia. El problema ha sido que Lima no es, como otras pequeñas ciudades del Perú, un pequeño feudo donde es fácil manipular los medios y opiniones. Acá hay una enorme variedad de rostros y voces que, tras un periodo de estupor, han reaccionado contra este asalto a la razón y el derecho. Por un lado, han ido apareciendo las historias e identidades de revocadores prontuariados y turbios. Los políticos que manipulan este golpe municipal amparados por una ley mal concebida, no han podido permanecer en la penumbra. Repito, en Lima es más comprometedor hacerse el loco.
Por otro lado, la municipalidad se ha puesto seriamente las pilas. Acaso este sea el único efecto beneficioso para la ciudad de este proceso inmundo, carísimo y de alto riesgo. El equipo municipal ha comprendido que era indispensable hacer alianzas y difundir su trabajo, saliendo de un espléndido aislamiento que los hacía funcionar a espaldas de la opinión pública.
Ahora que las tendencias parecen revertirse y el NO gana terreno, habría que aprovechar esta lección ciudadana: siempre debemos estar exigiendo cuentas a las autoridades, de manera tan rigurosa y constante como ahora está ocurriendo, producto de las circunstancias. Si los agentes del caos no logran desestabilizar y paralizar la ciudad, por lo menos habremos aprendido que una metrópolis tan complicada de manejar como la nuestra requiere de una vigilancia ciudadana permanente.
Tan indispensable es mantener a los rufianes alejados de nuestra propiedad (la riqueza de la ciudad), como asegurarnos de que las personas encargadas de administrarla lo hagan de manera idónea.
Vía @larepublica_pe
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