En Egipto, los regímenes se suceden y se parecen, señala Manlio Dinucci.
Hosni Mubarak, la Hermandad Musulmana o el Consejo Militar son todos
más o menos dependientes de Estados Unidos. Aunque los últimos
acontecimientos fueron sorpresivos para Washington, los estadounidenses
siempre se aseguran de que la victoria caiga en manos de alguno de sus
peones. La verdadera revolución aún está lejos.

La palabra utilizada en los pasillos de Washington
para calificar la posición de la Casa Blanca ante el golpe de Estado en
Egipto no podemos escribirla en estas páginas por ser demasiado
ofensiva. La Casa Blanca condena la violencia en general mientras dice
sentirse preocupada por el «vacío de poder» y sorprendida ante los acontecimientos.
Funcionarios del Pentágono aseguran, sin embargo, que el secretario de Defensa Chuck Hagel se mantuvo siempre «
en estrecho contacto» con su colega egipcio, el general Abdel Fattah al-Sissi. Hombre de confianza de Washington, que completó su formación en el
US Army War College
de Carlisle (academia militar de Pennsylvania), ex jefe de los
servicios secretos militares, principal interlocutor de Israel, el
general al-Sissi fue nombrado jefe del Estado Mayor y ministro de
Defensa por el propio presidente Morsi, hace menos de un año.
Hace 5 meses, el 11 de febrero de 2013, el general James Mattis, jefe del CentCom –en cuya área se incluye Egipto debido a su «
influencia estabilizadora en el Medio Oriente»,
sobre todo en lo tocante a Gaza– convocó al general al-Sissi. En el
orden del día de la reunión –en la que estuvo presente la embajadora
estadounidense en El Cairo, Anne Patterson–, estaba la «
cooperación militar USA-Egipto» en el contexto de la «
inestabilidad política» en El Cairo.
Al mismo tiempo, Washington había anunciado la entrega de otros 20 aviones de combate
F-16 y de 200 tanques pesados
M1A1
(fabricados en Egipto bajo licencia estadounidense). Gracias a un
financiamiento militar de 1 500 millones de dólares que Estados Unidos
entrega anualmente desde 1979 (financiamiento sobrepasado únicamente por
el que Washington concede a Israel), las fuerzas armadas egipcias
disponen de la cuarta flota mundial de
F-16 (240) y de la séptima flota mundial de tanques (4 000).
El Pentágono entrena a las fuerzas armadas egipcias en el uso de ese
armamento y de otros más –como el equipamiento antimotines. Para
garantizar ese entrenamiento, el Pentágono envía cada 2 años a Egipto
25 000 militares estadounidenses, que participan con ese objetivo en las
maniobras
Bright Star.
Así se ha creado la palanca fundamental de la influencia
estadounidense en Egipto: una casta militar que cuenta también en las
altas esferas con sus ramificaciones de poder económico. Esa casta, que a
lo largo de más de 30 años respaldó el régimen de Mubarak al servicio
de Estados Unidos, garantizó la «
transición pacífica y ordenada»
que quería Obama al producirse el levantamiento popular que derrocó a
Mubarak. Esa misma casta favoreció el ascenso a la presidencia de
Mohamed Morsi, representante de la Hermandad Musulmana, como medio de
neutralizar a las fuerzas laicas que habían protagonizado el
levantamiento. Y esa misma casta depuso ahora a Morci cuando su gestión
provocó el nuevo levantamiento de los opositores laicos y de los jóvenes
rebeldes del
Tamarrod (movimiento de «
Rebelión». NdT.).
La otra palanca de la influencia estadounidense en Egipto es
económica. Desde que Mubarak implantó las medidas de privatización y
desregulación que Washington tanto deseaba y abrió por completo las
puertas del país a las transnacionales, Egipto –a pesar de ser un gran
exportador de petróleo, de gas natural y de productos manufacturados–
acumuló una deuda externa que sobrepasa los 35 000 millones de dólares. Y
para pagar los intereses, que se elevan a 1 000 millones de dólares
anuales, Egipto depende de los «
préstamos» de Estados Unidos, del
FMI y de las monarquías del Golfo. Eso representa una cuerda al cuello
para la mayoría de los 85 millones de egipcios, teniendo en cuenta
además que la mitad de esa población vive en condiciones de pobreza. Lo
cual explica las sucesivas oleadas de rebelión y de lucha por una
verdadera democracia política y económica, movimientos que la jerarquía
militar logró controlar hasta ahora presentándose cada vez como garante
de la voluntad popular.
Esa jerarquía militar se mantiene así como la fuerza que realmente
tiene en sus manos las riendas del poder, poder que sirve a los
intereses de Estados Unidos y de Occidente. El levantamiento no se
convertirá en una revolución verdadera mientras las fuerzas populares,
tanto laicas como religiosas, no logren romper ese vínculo neocolonial,
lo cual abriría finalmente a Egipto las puertas de un porvenir de
independencia y de progreso social.