Mientras el ministro italiano de Defensa Mario Mauro pronuncia
emocionado el panegírico de uno de sus soldados muerto en Afganistán, la
guerra continúa. No por las razones oficialmente invocadas, ni por una
cuestión de buenos sentimientos.

- «El
capitán Giuseppe La Rosa, de 31 años, miembro del 3er regimiento de
bersaglieri de la Brigada Aosta, murió el 8 de junio en Afganistán. El
vehículo Lynx en que desplazaba fue alcanzado por una granada que hirió a
otros 3 italianos. El ataque se produjo el 8 de junio de 2013 en la
provincia de Farah. En el sitio web del Emirato Islámico de Afganistán,
los estudiantes coránicos afirman que fue un niño de 13 años quien lanzó
el artefacto explosivo dentro del vehículo mostrando con “un acto
valiente y heroico” “el odio absoluto de los afganos contra los
invasores infieles que ocupan nuestro país desde hace una década”».
Abdul Rahman Zhwandai, vocero de la región de Farah, desmiente al ser
consultado por teléfono: «No fue un niño sino hombres en motocicleta».
El Estado Mayor explica que el Lynx atacado formaba parte de un convoy
de 3 vehículos que «regresaba a la base de Farah al término de una
actividad de apoyo a las unidades del ejército afgano».
Regresó de Afganistán la «víctima» italiana número 53. En este caso, la palabra «victima»
se utiliza para los militares de la OTAN muertos en operaciones, no
para los miles de víctimas civiles que la guerra sigue ocasionando.
Y mientras se ofrece como espectáculo el dolor de las familias y las
más altas autoridades del Estado [italiano] expresan la habitual
«profunda tristeza», el ministro de Defensa Mario Mauro proclama: «
La
libertad, la paz y la democracia, a los que nosotros aportamos nuestra
contribución en diversos teatros de operaciones del mundo, tienen por
desgracia un precio y son esta vez nuestros soldados quienes lo están
pagando».
Son objetivos muy diferentes a esos los que motivan la presencia en
Afganistán de más de 3 000 soldados italianos, el cuarto contingente en
importancia después de los de Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania.
Allí están como parte de la estrategia estadounidense, para ocupar un
territorio que –a medio camino entre el centro y el sur de Asia– tiene
una importancia geoestratégica primordial para Rusia, China, Irán y
Pakistán y para el acceso a las reservas energéticas del Mar Caspio y
del Golfo Arábigo-Pérsico. Allí están, bajo las órdenes de un mando
estadounidense, desde que la OTAN se apoderó en 2003 (sin mediar en
aquel entonces ninguna autorización del Consejo de Seguridad de la ONU)
de la «
dirección de la ISAF, fuerza con mandato de la ONU».
Después de gastar en la guerra alrededor de 1 200 miles de millones
de dólares, según el propio Pentágono (en realidad mucho más si se
incluyen otros gastos, como los fondos asignados a los más de 18 000
militares estadounidenses heridos), Estados Unidos decidió reducir, a
partir de 2014, la cantidad de tropas estadounidenses en Afganistán
llevándolas de 68 000 a 10 000 militares. Se anunciaron reducciones
proporcionales para los demás contingentes, incluyendo el de Italia.
Según lo planificado, las fuerzas gubernamentales afganas entrenadas,
armadas y de hecho también dirigidas por Estados Unidos y la OTAN, que
mantendrán sus principales bases en Afganistán, deben desempeñar poco a
poco un papel más importante en el terreno.
La «
transición» no significará el fin de la guerra sino su transformación en una guerra «
encubierta» a través de fuerzas especiales y drones. Estados Unidos ha comprometido a sus aliados a contribuir a la formación de las «
fuerzas de seguridad afganas»… que ya ha costado más de 60 000 millones de dólares.
Pero las cosas no marchan muy bien que digamos. Algunos soldados
afganos, ya entrenados, acaban utilizando sus armas contra los
instructores. Así que, para la «
transición», la OTAN tendrá que
contar mucho más con el gobierno afgano, o sea con el grupo de poder que
instaló en Kabul. Es con ese objetivo que se ampliará el «
Fondo para la Reconstrucción»…
que ya ha costado más de 20 000 millones. Se inscribe en ese marco
el acuerdo de asociación ya firmado por Monti y Karzai, que incluye la
entrega de créditos y una serie de inversiones italianas en Afganistán
por valor de cientos de millones de euros. Gran parte de ese río de
dinero acabará en los bolsillos de Hamid Karzai y de miembros de su
familia, muchos de ellos con ciudadanía estadounidense, quienes así
seguirán enriqueciéndose con los miles de millones de la OTAN (que salen
de nuestros bolsillos) y además haciendo negocios por debajo de la mesa
con diferentes compañías extranjeras y con el tráfico de droga.
No por casualidad las plantaciones de opio de Afganistán
se incrementaron en 2012 en un 18%. Es interesante señalar aquí que el
trafico de opio afgano es un negocio compartido entre los talibanes y
los círculos gubernamentales. Una investigación del
New York Times confirma que, a lo largo de más de una década, llegaron a la oficina de Karzai, a través de la CIA, «
bolsas de dinero en efectivo» por un monto de decenas de millones de dólares. Pero no hay que escandalizarse por eso.
El propio Karzai declaró que la CIA le garantizó que seguirá recibiendo «
efectivo», una parte del cual –según el mismo diario estadounidense– se destina a «
pagar a la élite política, dominada por los señores de la guerra».